martes, 15 de abril de 2014

Extractos del diario de un Montañero - Retorno a la Sierra de Guara


La Sierra de Guara es poco más que la modesta antesala de un Pirineo pletórico de espectacularidad y alturas impresionantes, apenas un lugar de paso en el que llaman la atención las colegiatas románicas de sus pueblos y su  intrincada red hidrográfica que,  descubierta en los años ochenta por deportistas franceses, se convirtió en feudo de barranquistas y empresas proveedoras de turismo de aventura en remojo.

Hace ya más de veinte años que la visité por primera vez para practicar el descenso de barrancos. A lo largo de este largo período he regresado a ella con más o menos regularidad con el único y obcecado propósito de descolgarme por sus gorgas, zambullirme en las frías pozas de su maraña fluvial y añadir a mi historial uno o dos cañones más en cada incursión de fin de semana, casi siempre en verano.
Que la experiencia fue buena es algo que está fuera de toda discusión, pero una opinión preconcebida y descuidada evitaba considerar una dimensión más amplia de sus posibilidades. 


Este último fin de semana he regresado para re-descubrirla a través de un prisma diferente: el de la Montaña "sin más". Por una vez dejé en el armario el casco, las cuerdas, el arnés y el traje de nopreno, y me interné por  sus bosques (sí, bosques) en compañía de doce "culmenitas" más. (ver definición en la presentación de éste blog)  Caminé por sendas idílicas, crucé no pocos neveros e hice cumbre en su montaña más emblemática: El Tozal (o Pico) de Guara, una elevación calcárea de escarpada cara norte, cuya cima se levanta casi 1200 metros por encima del nivel del fondo del valle.  Su geología, variedad forestal, fauna y asentamientos humanos me produjeron ese placer característico que se experimenta cuando la sorpresa despeja en positivo todos los prejuicios que acompañan a la ignorancia. La actividad del fin de semana salió redonda: la estancia en el albergue La Mallata, la atención y la simpatía de los gerentes del establecimiento y demás vecinos de Nocito (30 habitantes según el último censo registrado en 2011), la climatología benigna y ante todo el buen humor característico de nuestro grupo; Un conjunto de ingredientes que convirtieron la escapada en un tesoro más a conservar en ese cofre virtual en el que almacenamos las buenas experiencias para volver a saborearlas en caso de que vengan tiempos de tedio.




Recordaremos con agrado a la familia formada por Bertrand,  María (la gijonesa con acento maño) y  la joven hija de ambos. A Tirso, que nos hizo una visita guiada y desinteresada a la Ermita de San Urbez (patrono local), y también a Zebru (Urbez al revés), el cuadrúpedo canino propiedad de Tirso, que se  agregó al grupo en nuestra circular al Tozal, subiendo a la cumbre como uno más y haciéndonos reir con sus ocurrencias de perro.






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